El caos ferroviario en España ya no es una excepción: es la norma. Retrasos masivos, trenes averiados y miles de pasajeros abandonados a su suerte evidencian un sistema fuera de control. Y el responsable político tiene nombre y apellido: Óscar Puente , Ministro de Transportes. Más, preocupante aún que las incidencias es la actitud del ministro: soberbia en redes, falta de autocrítica y ninguna solución efectiva. Mientras los usuarios pierden tiempo, dinero y paciencia, el Ministerio sigue instalado en la propaganda. No hablamos de molestias: hablamos de un servicio público esencial convertido en un fracaso de gestión.

Pero ahora el ferrocarril español ya no solo está en crisis: ha vivido una tragedia histórica. El pasado 18 de enero, en Adamuz (Córdoba), un tren de alta velocidad Iryo descarriló y colisionó contra un tren Alvia, provocando al menos 45 muertos y casi 300 heridos; el peor accidente ferroviario del país en más de una década. A ello se sumó días después otro descarrilamiento en Gelida (Cataluña) con una víctima mortal y múltiples heridos por el colapso de un muro sobre las vías.

En medio de la consternación, la reacción del ministro de Transportes, Óscar Puente, ha sido débil y defensiva. En lugar de asumir responsabilidades políticas claras, ha debatido tecnicismos sobre “posibles defectos en las vías” y ha evitado dar explicaciones tangibles sobre qué falló, mientras la investigación aún busca causas definitivas. La gestión del caos no termina en grandes cifras: hay testimonios de pasajeros atrapados horas sin asistencia, servicios de emergencias descoordinados inicialmente y una sensación de improvisación que agrava el dolor de las familias afectadas.

Que un sistema esencial colapse varias veces en días y que el máximo responsable político se mantenga en el cargo sin propuestas claras de solución es inaceptable. Más aún cuando la seguridad de miles de personas está en juego.Óscar Puente tiene que dejar de capear con explicaciones técnicas y ofrecer responsabilidad política, medidas concretas de prevención y una hoja de ruta clara para recuperar la confianza en el ferrocarril español. La tragedia de Adamuz exige algo más que palabras.

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